miércoles, 31 de agosto de 2011

ANTONIO AYALA "EL RAMPA" 1º PARTE



El 14 de Agosto de 1968, cuando desde la desaparecida Terraza del Mery se ultimaban los preparativos de la octava edición del Festival del Cante de las Minas que comenzaría un día más tarde, nos dejaba uno de los máximos exponentes de la copla minera: Antonio Ayala Mateo “El Rampa”.

 Desde el Festival se proyectaban emotivos actos de homenaje perpetuando el recuerdo a otros dos grandes ausentes que recientemente nos habían abandonado: Antonio Grau Dauset, (hijo del mítico Rojo el Alpargatero), que sería el eslabón necesario para recuperar una escuela que lamentablemente había sido arrojada a la más insospechada profundidad de nuestro recuerdos; y a Jacinto Almadén, que de no haber encontrado inesperadamente la muerte en un trágico accidente de circulación habría impulsado una escuela de cante desde La Unión, según había manifestado él mismo en reiteradas ocasiones. Y es que esta ciudad le cautivaría  por su jondura y flamenquería desde que la visitara por primera vez de la mano del genial Guerrita allá por los años 30.

Pero, ¿qué pasaba con el Rampa?  Se iba prácticamente sin hacer ruido, pasando casi desapercibido y, tal vez, muy pocos reflexionaron que con él desaparecía para siempre uno de los grandes filones del cante primitivo de nuestra tierra.

         El Rampa nunca llegó a ser profesional, tal vez, porque no se lo propuso o quizás porque no sintió la llamada de la emigración para buscar el triunfo como otros compañeros de su tiempo, en esas macro compañías operísticas que giraban por España a partir de mediados los años 20.

 Cartagenero de nacimiento, amor y convicción, encontraba en su tierra todo cuanto le hacía falta para ser feliz. Sus calles, plazas y bares formaron ese marco escénico que inspiraba su cante, con los matices de la tierra.  Tal vez ese sería el motivo por el que no se lanzaría a la aventura y siempre, salvo raras ocasiones, eludiría la llamada del profesionalismo.

        Vería la luz en 1896 en el callejón de Cantarería del barrio cartagenero de La Morería, siendo el segundo de siete hermanos de una familia de clase obrera que, hasta ese momento, no presentaba ningún antecedente de tradición  flamenca. Sería bautizado a los pocos días de nacer en la Iglesia del Carmen de la ciudad portuaria.

El joven Antonio pronto sería conocido con el sobrenombre del “Pijete”, apodo heredado de su padre José Ayala Andreo, y algunos años más tarde como “El Rampa”. Con ese apodo, se convertiría en un cantaor que durante medio siglo defendió como pocos nuestros cantes mineros.

La delicada situación económica familiar le empujaría muy pronto a dejar los estudios básicos, por lo que apenas pudo ir a la escuela, motivó que empezara a trabajar muy joven. Aunque en su familia la mayor parte de los hermanos se dedicarían a la venta del pescado, el Rampa comenzaría a trabajar como camarero cuando apenas llegaba a la barra.

 Su inteligencia y destreza para los juegos de manos le harían alternar este oficio con el de encargado de juego en el Casino de Cartagena, experiencia que le valdría en el futuro para sacarse un dinero extra en el reservado del bar Sol, donde su habilidad para los juegos de cartas y del Chamelo le reportaban un desahogo económico importante.

La afición al cante le venía desde la niñez, cuando en la Cartagena de su tiempo escuchaba cantar “al Porcelana, “el Tirito”, “el Alcayata”, “el Bosca”, “el cantares”, “La Fea”, “Los Nolascos” o “El Peluca”…
La Unión y la Cartagena de su tiempo eran un hervidero de buen cante minero. Allí quedaría prendado de esa forma especial de interpretar el cante por tarantas. Cantaores como Antonio Grau, Emilia Benito, El Fanegas y, sobre todos ellos, Patricio Alarcón, hicieron que se impregnara de las esencias cantaoras de la tierra y que en él habitaran las formas más primitivas de nuestro cante de las minas.

Si con Guerrita y Fanegas el cante minero se adaptó a las exigencias de un público mayoritario que buscaba un cante largo, cargado de barroquismo y modernidad, con el Rampa al igual que el Mendo, el Cano y La Levantina que, mayoritariamente desarrollaron su cante dentro del contexto que comprendía los límites territoriales de nuestra región, el cante, salvo leves influencias del marchenismo que imperó estructuralmente  influenciando a los cantaores de la tierra, permanecía casi inalterable reivindicando con él esos sonidos oscuros que nacerían como desgarrador grito de dolor de la más humilde clase obrera de La Unión “Los Mineros”.

El Rampa cantaría prácticamente desde la niñez, aunque su primera actuación de importancia tendría lugar, según sus propias declaraciones, en 1913. Desde ese momento se convertiría en un puntal importante del cante de la comarca.

Más tarde comenzaría a trabajar como camarero en el emblemático y desaparecido bar Málaga en la calle Mayor, alternando su oficio con su verdadera pasión: “EL CANTE”. El bar Málaga se convertiría en lugar de peregrinaje de todos los aficionados al flamenco de la zona al cual llegaban para poder deleitarse con el cante del joven Antonio “El Pijete”.

La juerga continuaría en el desaparecido barrio del Molinete… El Rampa compartiría cante y afición con el gran Cepero bajo el techo del Café Neutral. Allí alternaría con la mayoría de cantaores que, durante temporadas, se establecían para trabajar en los cafés del barrio. Eran noches de cante y juerga con Angelillo, Pena hijo, Manuel Pavón, María “La Gazpacha”, Antonio Rengel, José Rebollo, el Niño de Tetuán y, por supuesto, Guerrita, que vería la luz en la desaparecida calle de La Aurora y el Gran Fanegas.

Algo estaba cambiando en nuestros cantes… Nuestra tierra experimentaba un nuevo proceso evolutivo de su primitiva copla y el cante florecía en cualquier rincón de la comarca.

El Rampa, aunque de carácter atrevido y bravucón, lo que le haría verse envuelto en infinidad de peleas a lo largo de su juventud (hechos documentados y constados en los archivos regionales y locales  de la época, así como en los partes de accidente del hospital de Caridad), se convertiría en fiel guardador de su legado artístico, no teniendo inconveniente en llegar a las manos con quien le discutiera. Algunas de esas peleas serían con compañeros de profesión, como el Gran Fanegas con el que, aunque le unía una profunda amistad, no sería la primera vez que sus formas de entender el cante les llevase a algunos de ellos a la Comisaría y, al otro, en este caso al Rampa, malherido al Hospital para curar sus heridas.

Pero eso sí, bravuconerías aparte, El Rampa destacaría por el respeto a sus amigos de profesión y por su elegancia en el vestir. Gustaba de salir siempre impecable al escenario, algo que aprendería del “Niño de Marchena” que, sin ninguna duda, revolucionó los escenarios desde su presentación en Madrid a principios de los 20. Con él, compartiría escenario en innumerables ocasiones. A ambos les uniría una profunda amistad que perduró a través de los años hasta el final de sus días.

El “Niño de Marchena” quedaría fascinado por la forma en la que, en esta tierra, se interpretaba el cante por tarantas. Muchos serían los estilos que aprendiera en sus largas estancias por aquí. Cantaores como Guerrita, Fanegas, El Rampa, El Mendo, Patricio y un largo etc.… se convertirían en el centro cantaor de la reunión, además del gran “José Tejada”. Y es que, aunque ha pasado casi desapercibida para la tradición flamenca, incluso completamente olvidada en la historia de nuestros cantes, esta generación fue mucho más importante de lo que se ha transmitido hasta ahora.

El verdadero revulsivo del Rampa llegaría entre los días 2 y 5 de febrero de 1921 cuando, en el Café del Tranvía situado en el número 3 de Puertas de Murcia, se celebraría un prestigioso concurso de cante jondo, convirtiéndose en uno de los primeros concursos oficiales conocidos hasta la fecha.

Acompañados por la prestigiosa guitarra del profesor D. José Grau Dauset, hijo guitarrista del mítico Rojo el Alpargatero, se mediarían en el escenario del citado café los cantaores Juan Baños “Fanegas”, Antonio Ayala “El Rampa” y el murciano afincado en Cartagena “Patricio Alarcón”. El evento se convertiría en un verdadero éxito y un revulsivo económico de importancia para el dueño del local. Esto impulsaría que Don Antonio Antón Ferrera, propietario del “Tranvía”, se planteara incluir casi a diario los espectáculos flamencos en su establecimiento, lo que venía ofertando desde años atrás, ahora lo haría con una larga continuidad, satisfaciendo las exigencias de un público que abarrotaba el local las noches que ofertaba cante jondo.

El Rampa conseguiría un largo y bien remunerado contrato con varias actuaciones a la semana, prácticamente durante todo el año, y acompañado con la guitarra de Paco Molina, rivaliza con importantes  cantaores foráneos contratados para actuar en el café. La Niña RafaelaLa Guerrita de Málaga”, “La Niña de Medina”, mujer de armas tomar con algún que otro escándalo provocado durante su estancia en la ciudad… y un largo elenco artístico contratado para triunfar en el café.

Hasta la desaparición del Café del Tranvía acaecida en 1934, aunque reconvertido años antes en el Bar Cervantes, el Rampa se convertiría en el cantaor preferido del local. Allí se mediría a las grandes figuras que, durante esos años, se establecían en Cartagena.

                           Café del Tranvía situado en el nº 3 de las Puertas de Murcia. Foto Casau

Alterna su contrato en el Tranvía con las actuaciones en el Cine ‘el Recreo’ de Los Dolores, además de los bolos por los pueblos y barrios de la comarca. Las actuaciones del Rampa en La Unión se suceden por esos años acompañando a los grandes cantaores del momento, completando carteles de importancia.

En junio de 1924 es proclamado vencedor del concurso de cante jondo celebrado en el Casino de Santa Lucía; el segundo y tercer premio recaen en José Bernal “El Mendo” y en el joven Manuel González “Guerrita” que, poco a poco y pese a su juventud, se estaría fraguando un brillante porvenir que le colocaría entre los artistas más destacados del panorama nacional sólo uno años más tarde.

Ese mismo año, participa en el concurso organizado por la Cofradía California resultando vencedora  en el primero de los dos días que se celebra el concurso la granadina María Amaya “La Gazpacha”, que tan sólo dos años antes había obtenido un importante premio en el concurso celebrado en Granada impulsado por algunos de los intelectuales más importantes del momento, el segundo día el vencedor sería el cantaor Sanantonero Juan Baños “Fanegas”. El Rampa, por su parte, se tiene que conformar con sendas accésit de 25 pesetas.

Los concursos se suceden… En octubre del 25 figura entre la nómina de cantaores inscritos en los concursos flamencos organizados en el Circo-Teatro de La Unión, en los que ya se va marcando el proceso generacional de los cantaores de la tierra. En esos años, Fanegas y Guerrita están ganando posiciones destacando sobremanera entre los cantaores de su generación. Ellos serían quienes resultaran ganadores de los dos concursos celebrados en una semana.

 El éxito que está experimentando el cante del Rampa no pasa desapercibido para los organizadores de los grandes espectáculos en los teatros de la Región. Ése sería el motivo por el que su nombre, junto con el de otros artistas de la tierra, es incluido en actuaciones de importancia.

Así, es contratado, junto a Guerrita, para completar un prestigioso cartel junto al cantaor del momento, El Niño Marchena, en su debut en el Teatro Ortiz de Murcia. Guerrita es un cantaor que gusta sobremanera al público murciano. El maestro marchenero queda fascinado por su cante e incorpora en su repertorio esa forma tan particular de interpretar el cante por tarantas de la tierra. El Rampa también goza del aplauso del respetable y, poco a poco, se va afianzando en los escenarios con los artistas más notables del momento: José Cepero, Manuel Vallejo, La Niña de los Peines…

Los concursos benéficos continúan a lo largo de esos años por toda la geografía regional: a favor del refugio de Santa Teresa en el barrio de San Antonio Abad; en la cerca del señor Spottorno a beneficio de los enfermos del barrio de Santa Lucía, obteniendo un tercer premio de 25 ptas. por detrás del Mendo y Fanegas; en los Molinos Marfagones a beneficio de las obras de la Torre del Reloj, en el Salón de Contrataciones de Murcia…

Las emisoras de radio emiten en directo desde sus estudios los conciertos de cante jondo de los afamados cantaores locales: Fanegas, Guerrita y el Rampa, quienes, acompañados por la guitarra de José Mateo “el Zocato”, agolpan junto a los transistores a una multitud de oyentes que disfrutan de su repertorio y, sobre todo, de esos fandanguillos de picadillo que tanto ilusionan a los aficionados que reciben los duendes a través de las ondas.

Las emisiones se convierten en grandes fiestas en las que, entre tarantas y malagueñas, proliferan  los fandanguillos a dos y tres voces emulando lo que después provocaría el delirio de quienes tuvieron la suerte de poder asistir a las representaciones de “La Copla Andaluza” y el “Alma de la Copla”, en la que Guerrita, formando parte de importantes elencos, triunfaría por los mejores escenarios de España y Sudamérica.

        La navidad de 1925 se convertiría en crucial para el reconocimiento del Rampa a través de los grandes cantaores del momento. Su cante es apreciado y respetado por algunos de estos cantaores. Durante esos días comparte noches de cante y gloria con algunos de los artistas más relevantes del momento. El día de reyes de 1926 debuta en el Circo Teatro de La Unión acompañando al Cojo de Málaga. Completan el cartel, el Niño Guerra y Patricio Alarcón. Las actuaciones del Rampa en grandes elencos se suceden y se convierte en un reclamo para completar carteles con las más prestigiosas figuras del momento.

        En noviembre de 1926 resultaría  ganador de la Copa en el concurso celebrado en el Teatro Principal de Cartagena ante un importante elenco de artistas de la tierra, donde el Niño de Marchena actuó como estrella invitada.

        Las estancias del Niño de Marchena actuando por la Región se extienden en algunos casos durante meses, realizando actuaciones en los más prestigiosos teatros acompañados de bolos por pueblos y barrios de la tierra, cosechando importantes éxitos en todos los escenarios en los que derrama su arte.

En diciembre de 1926 completaría el citado maestro un elenco de lujo en San Antón a beneficio de la Hospitalidad de Santa Teresa. Completarían el cartel, el Pena hijo, el Rampa y las hermanas Díaz, que no eran otras que Isabel Díaz “Levantina” y su hermana Ángeles La Pescadora, y que un año más tarde formarían parte de los artistas que concursaran en las previas del concurso celebrado en el Teatro Pavón de Madrid. El Zocato sería el encargado de musicalizar los duendes jondos con el sonido mágico de su guitarra. El presidente de la Hospitalidad, Sr. Giménez Blechmit, entregó un pergamino de agradecimiento al Niño de Marchena quien, emocionado, daría las gracias, yéndose con la promesa de ofrecer otro recital a beneficio de la hospitalidad el verano siguiente.
CONTINUARÁ.


       

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