sábado, 24 de septiembre de 2011

PENCHO CROS- TORRE DE PENAS Y COPLAS

NO OLVIDES NUNCA A PENCHO

A LA MEMORIA DE  PENCHO CROS
ROMÁNTICO POETA DEL CANTE DE LA UNIÓN

Francisco J. Paredes Rubio. (Paco Paredes)

Extracto del primer capitulo que hice a la memoria de Pencho Cros en el libro-disco "PENCHO CROS TORRE DE PENAS Y COPLAS", el cual tuve la suerte de dirigir y coordinar. 
Editado por el Festival Internacional del Cante de las Minas. La Unión 2008. Premio nacional "Reconocimiento de Valladolid".
 Los autores que colaboran con sus artículos homenaje a Pencho aparecen en la parte inferior de la portada del libro. 





 Hay palabras o momentos en la vida, que quedan reflejados en lo más profundo de tu interior, y que constantemente se adueñan de tu mente a través de la memoria, mediante tus recuerdos. Difícilmente te separas de ellos  y cuando menos lo esperas rondan por tu cabeza, porque son una parte importante de tus vivencias, de tus  sentimientos.
En esto del flamenco la vida está llena de todos estos instantes, de tantas y tantas vivencias que se quedan grabadas y luego al recordarlas se presentan casi como un recuerdo efímero, pero que está ahí, paralelamente a ti, siendo un reflejo de tu propia existencia.
Yo he de reconocer que he conocido a Pencho prácticamente desde que tengo uso de razón. En muchos y determinados momentos he podido disfrutar de su cante en la intimidad, ese que suena natural, diferente, sin concesiones cara a la galería, sin estar sujeto a la aprobación mediante la ovación del respetable, el que se fabrica desde la libertad, ese que te hace comprender la grandeza del intérprete.
También he podido ser parte receptora de sus consejos, y de algún que otro recuerdo de sus tantas noches de pasión flamenca. Palabras sabias de hombre sabio, sin adornos ni barroquismos, en su justa medida, aderezas con la pasión más profunda de quién por su experiencia en la vida, se encuentra en esa posición de privilegio de poder siempre ofrecer, aunque tú ni te des cuenta.
Pero quizás fue mucho más tarde, cuando a través de su enfermedad conocí al Pencho que vivía alejado de los escenarios, al que no cantaba en su reino particular alrededor de una mesa en la Bodega Lloret rodeado de amigos y aficionados, al que nunca más volveríamos a ver aparecer de repente en cualquier sitio, en cualquier momento, acompañado por el bueno de Antonio Martínez, su eterno hermano.
Fue cuando todo eso ya no estaba, cuando Pencho ya no existía, cuando las palabras emocionadas de su mujer, llegaron a impactar  tanto en mí como el cante de Pencho lo había hecho durante casi treinta años.

¡PACO, NO OLVIDES NUNCA A PENCHO!
Durante los últimos años, cuando ya había avanzado su enfermedad y no salía de casa, muy de vez en cuando solía visitarlo, menos de lo que yo hubiera querido, pero no era mi intención el molestar a sus familiares que bastante tenían con dedicarse por entero a su cuidado. Isabel, su señora, me recibía con gran amabilidad, y me decía, “míralo, allí está, has visto qué guapo, si parece que no está enfermo”. Puedo dar fe de que Pencho se veía rejuvenecido, mimadamente cuidado, envuelto con el manto del amor de los suyos. “Isabel -le decía yo-. ¡Está más joven!”. “¿Verdad que sí, Paco?”, y me volvía a repetir una y otra vez: “Míralo, si parece que no esté malo, si parece que no está enfermo”. “Ay, yo no sé cómo este hombre está así, con lo buena persona que es, si nunca le ha hecho daño a nadie, yo no sé por qué Dios le ha hecho esto, no se cómo no se acuerda de , con lo listo que ha sío siempre, tenía una memoria… se acordaba de … con lo bueno que ha sío pa tó el mundo…  si el mundo lo quería… aquí venían tos a buscarlo, a escucharlo cantar, y fíjate, mira como está ahora…”.
Me enseñaba fotos, “has visto que joven estaba aquí, mira que guapo, era muy presumío” le gustaba siempre ir bien “arreglao”, salir impecable al escenario, me decía: “Isabel cómprame un traje que lo estrene en el Festival… y yo le decía: no sé de donde, si no tenemos cuartos, tu no sabes las fatiguitas que pasamos sacar adelante una familia con diez hijos.
Continuaba enseñándome recuerdos y contándome anécdotas, “mira estas dedicatorias  se las escribió Fosforito y esta otra un señor de Madrid, Enrique Hernández, ese si que era amigo, lo que Pencho quería a Enrique. Me hablaba de sus amigos y compañeros de profesión, me enseñaba discos, dibujos, diplomas… y me contaba anécdotas pasadas y momentos cotidianos del momento”.
He de confesar que cuanto más hablaba con Isabel su mujer, sentado junto a la cama donde se encontraba a un Pencho, ajeno, con mirada perdida, como si nada de lo que se hablaba fuera con él, más me estremecía cuando recordaba momentos vividos con el maestro años atrás. Y es que me daba cuenta de que ¿quien mejor podía sacar al exterior  todo el duende del Pencho, que quien fuera su compañera durante casi seis décadas?. Pues quizás en Pencho todos habíamos conocido a la persona bohemia, al amigo entrañable, al cantaor sentío, al maestro que animaba a los jóvenes a seguir por este difícil arte siendo espejo donde mirarse, pero muy pocos  pudimos sentir el Pencho del seno familiar, muy pocos reparamos en el Pencho del hogar  y yo tuve ocasión de conocerlo precisamente cuando debido a su enfermedad, mis visitas a Pencho se convertían en largas conversaciones con su mujer. Conocí su lado más frágil, más humano, en el que muy pocas veces habíamos reparado siquiera en imaginar, pero no era por nada en especial, sino porque todos sus amigos y admiradores disfrutábamos del Pencho en plenitud, de sus valores como persona y como cantaor. Ésta era una situación nueva, diferente, este Pencho ya no estaba en esa situación privilegiada de poder siempre ofrecer, nada más que esa esencia de un pasado muy cercano y la que dejaría para la posteridad con su obra. Este Pencho era muy distinto al que todos  recordamos.
Pasado un tiempo le decía: “Isabel me voy, no quiero molestar”, y ella me contestaba: “Tú no molestas Paco”, “¿puedo venir otro día? Tengo un amigo que tiene mucha ilusión por conocerlo”, “ven cuando quieras, ésta es tu casa, a mi me gusta que vengan a verlo sus amigos”. “Pencho se va, ¿no le vas a decir ná?” Pencho clavaba en mí la mirada y tímidamente se despedía con la mano, “Dios sabe quién será este que me habla…”, pensaría.
“Hasta luego Isabel, tengo que irme, adiós Paco, que dios te bendiga…”
Yo, desde hacía más de 20 años había visitado su casa, debido a mi amistad con la gran mayoría de sus hijos, unido a los vínculos afectivos  hacia Pencho y más aún a su hijo Pepe con el cual he podido disfrutar de momentos únicos en esta pasión nuestra que es el flamenco, durante los tres años que compartimos dirección y presentación en el programa flamenco que juntos emitíamos desde la modesta emisora de Radio Unión, siempre aparecíamos por allí buscando algún disco para ponerlo en el programa del Lunes, una vez allí Pencho se sentaba al fresco en la puerta de su casa, y nos contaba  alguna que otra anécdota de sus vivencias, que nosotros aprovechábamos  para poder contarla en las tertulias de nuestro transmisión, o solamente acudía por el simple hecho de saludarlo y poder enriquecernos con sus vivencias, la cuales nos ayudaban a aprender a formarnos como aficionados.
Nunca había podido sentir el otro extremo, el de la persona más cotidiana, más familiar. La cara de amor y los mimos de su hija Asun y de su mujer, me hicieron conocer o al menos imaginar al Pencho niño, retroceder en el tiempo siete u ocho décadas atrás y ver al Pencho  que no conocimos, al que aparece en esa vieja  fotografía jugando a las canicas, al que jugaba a ser mayor siempre cantando y cantando.
Estas visitas se han seguido produciendo ocasionalmente después de su desaparición, muy de vez en cuando paso por la puerta y saludo a Isabel, que siempre me recuerda el último día que fui a ver a Pencho en vida, “¿te acuerdas Paco?, que me decías que bien está Pencho dentro de su enfermedad, y al día siguiente tuvimos que ingresarlo en el hospital, y mira donde está ahora…, hoy me encuentro mal, hoy hacen cinco meses…” Casi de forma casual me acompañaban dos grandes amigos Paco y Manolo Avilés dirigentes de la peña flamenca de Sucina, que  poco antes de su fallecimiento  le brindaron un emotivo homenaje desde la asociación que tan bien dirigen, y más tarde le dedicarían una gala a titulo póstumo con los enternecedores testimonios del director del Festival del Cante de las Minas Julio García Cegarra, y del  gran amigo de Pencho, Rufo Martínez Cobacho.
Sería  al despedirnos cuando  brotaron del más profundo interior de su mujer unas sentidas  palabras que tanto me llegaron a emocionar, que siempre en mi recuerdo irán unidas al de el maestro, “Paco: no olvides nunca a Pencho”, “no te preocupes Isabel, no lo puedo olvidar, como voy a olvidar a Pencho si es junto a tantos otros que también se fueron un pedazo de esa Unión que poco a poco se nos va, que cada vez nos va quedando menos de ella, y desde niño forma parte de mis recuerdos, de mi corazón”.
Esta ciudad se me hace desconocida sin Pencho, está falta de su esencia. Se le echa de menos en su mesa situada a la derecha de la entrada de la Bodega Lloret o en cualquiera de las mesas del patio, al cual nos asomábamos los amigos y aficionados para ver si Pencho estaba cantando, se echa de menos su paso lento, relajado, casi a medio día por la subida de la calle 7 de Marzo, las noches de Festival están faltas de su presencia, e incluso las tertulias en el café cantante del festival minero a la salida del concurso son diferentes sin Pencho.
Pencho que distinta se me antoja La Unión y su Festival sin ti.



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